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La decencia

decencia (Del lat. decentĭa).

1. f. Aseo, compostura y adorno correspondiente a cada persona o cosa.
2. f. Recato, honestidad, modestia.
3. f. Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas.

Mientras Sánchez Gordillo atiende sin cesar a medios de comunicación y acapara titulares por asaltar supermercados y tomar una finca, cual Curro Jiménez contemporáneo, hay un grupo de hombres y mujeres buenos que se rebelan en silencio y sin cámaras ante otra injusticia, tan silenciosa como ellos. Una injusticia cobarde, indecente, que condenará a cientos de miles de personas en nuestro país a la enfermedad y la pobreza.

Esas personas son médicos, enfermeros y  enfermeras, personal administrativo y de servicios sanitarios que se niegan a acatar una norma injusta que vulnera los fundamentos éticos de su profesión: la supresión de la asistencia sanitaria a los inmigrantes irregulares.   Estas personas decentes han decidido honrar el juramento hipocrático, el que dice  que la salud y la vida del enfermo serán las primeras de sus preocupaciones, y que no permitirán que entre su deber y su enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase.

Y ante este elogiable (y extraño en estos tiempos) ataque de decencia, los estamentos se rebelan.  El Consejo de Enfermería les avisa de que tratar a los inmigrantes es inviable jurídicamente. El Ministerio de Sanidad les amenaza con sanciones administrativas. (Les recuerdo que el Ministerio lo dirige este el mismo partido que aplaudía la objeción de conciencia de los profesores frente a la Educación para la Ciudadanía.)

Los editores del blog 3500 millones están impulsando una iniciativa para que los ciudadanos podamos mostrar nuestro apoyo a estos profesionales. Para que sepan que no están solos. Para que sepan que hay más personas decentes que les aplauden y les agradecen el acto de valentía y dignidad, esa luz en la oscuridad moral de nuestros tiempos. Yo ya la he firmado. Hazlo tú tambien.

 

 

Para la libertad

FOTO: Sergio Parra

 

No estoy de acuerdo con tus ideas, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlas. Algo así decía una frase que leí hace tiempo, creo que atribuida a Voltaire. Una de esas frases que me han marcado todos estos años, porque resume de una forma muy simple algo mucho más complejo: la libertad de expresión.

Fue también una persona que admiro, jefa mía hace algunos años en el departamento de derechos humanos de la Comisión Europea, la que me dio un criterio que he intentado seguir cuando he tenido que resolver algún dilema moral o de otro tipo: defiende siempre la opción que garantice la mayor libertad. Qué fácil decirlo pero cuánto me ha costado muchas veces hacerlo.  Pero nadie dijo que el camino de los derechos fuese fácil.

Por eso me he quedado ojiplática cuando he leído la noticia de que el Festival de Mérida había decidido retirar de la exposición “Camerinos“, del fotógrafo Sergio Parra, una foto del actor Asier Etxeandia. No en Birmania, ni en Corea del Norte, no, en la España del 2011. Ufffff.

Entiendo que la imagen desagrade a algunas personas. A mí, que me crié en el cristianismo, me parece estéticamente bonita pero al tiempo muy provocadora. El buen arte es lo que tiene, que provoca, para bien y para mal: en el MUSAC, sin ir más lejos, he visto exposiciones fantásticas junto a instalaciones que me han parecido de lo más ordinario y desagradable. Pero eso me han parecido a mi, solo a mi. Para otras personas esas instalaciones habrán sido geniales, incluso inspiradoras. Imaginemos que la mitad de los visitantes del Museo del Prado considerasen que la Maja Desnuda es ofensiva. ¿Deberíamos descolgarla?

La libertad de expresión tiene límites, pero en una sociedad democrática esos límites deben marcarlos sólo las leyes, no las sensibilidades de determinados grupos, incluidos los grupos religiosos, sobre todo en un estado supuestamente aconfesional como el nuestro. En este caso, como en el de las caricaturas de Mahoma, o en el de los Versos Satánicos, yo escojo la libertad.

Parece ser que la foto se eliminó tras la llegada de más de 200 correos pidiendo su retirada. Yo ahora he creado una petición para pedir a la Junta de Extremadura y a la Dirección del Festival su reposición. Porque la lucha por la defensa de los derechos y las libertades a veces se libra en pequeñas batallas. ¿Me ayudas?

Pluriempleo bloguero

 

foto: Hannah Schildt

Hace semanas que no actualizo el blog, porque  el poco tiempo libre que tengo lo he utilizado para escribir un par de entradas en el blog 3500 millones de El País, que coordina el compañero Gonzalo Fanjul.

Aquí os dejo los enlaces por si queréis echarles un vistazo:

– Hoy mismo, “Y ganó el 15M” , con mis impresiones sobre los resultados de las elecciones y el futuro de este movimiento.

– Hace un par de semanas, a partir del caso de Uganda, escribía sobre si hay derechos humanos de primera y de segunda: “Uganda: sin pobreza, sin SIDA, sin gays.”

En breve volveré a escribir aquí, que ya tengo unas cuantas ideas rondándome por la cabeza…

Vergüenzas

 

Hoy les voy a contar una historia, la historia de Kaila.

Kaila no ha cometido ningún delito –a no ser que sea un delito irte a otro país a buscar una vida mejor. Como no ha hecho nada malo y no la pueden meter en la cárcel, las autoridades del país la han encerrado en un centro para personas como ella. 

A Kaila le han diagnosticado un cáncer intestinal grave, y por eso necesita ir al baño frecuentemente, de día y de noche, y muchas veces con urgencia. Pero su habitación está cerrada y no tiene inodoro, y cuando llama al timbre los guardias tardan mucho, a veces muchísimo, en abrir la puerta para acompañarla al baño. Así que ya se imaginan lo que pasa. Los amigos que pueden visitarla le traen algunos productos para ayudarle en su higiene, pero los guardias –alegando motivos de seguridad- no se los dejan pasar.

Kaila necesita una medicación y una dieta determinadas. Pero en el centro la comida es la misma para todos, y sólo hay un médico y un enfermero, que no siempre la pueden o quieren atender. Le sube la tensión, y de vez en cuando se desmaya. Sus familiares le escriben para que no se sienta sola, pero las cartas le llegan abiertas, a pesar de que la policía no tiene ningún derecho a abrirlas o leerlas.

Hay personas que han querido denunciar el comportamiento de algunos policías, pero no pueden porque no saben quienes son, ya que –en un gesto propio de mafioso carcelero americano de la Milla Verde– éstos le dan la vuelta a su placa reglamentaria para que no se puedan ver sus números de identificación.  

Me gustaría decir que esto es una historia irreal, pero lo único irreal es el nombre de Kaila.

Me gustaría decir que esta historia sucede en Birmania, o en la República Centroafricana, pero por mucha vergüenza que me dé, resulta que sucede aquí al lado, en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de Aluche.

Me gustaría decir que la historia es exagerada, pero lo confirma todo un Auto del Juzgado de Instrucción Nº 6 de Madrid  que ordena al director del Centro tomar las medidas necesarias para garantizar el cuidado de Kaila y el resto de personas internas –que pueden no ser todos angelitos, pero son personas.

El auto es del mismo juez –Ramiro García de Dios– que hace unos meses ordenó abrir el CIE a las visitas de las ONG. Les recomiendo en este foro los comentarios de algunos policías sobre esta medida y sobre el juez que la dictó. Y les recomiendo también leer esta entrevista con el juez, una de esas personas que –en mi modesta opinión- cuentan con el menos común de todos los sentidos: el sentido común. Pero juzguen ustedes mismos.

Identifíquese

 

Adivinen dónde está hecha esta foto. ¿Guatemala? Podría ser. ¿Colombia? Frío, frío. ¿Honduras? No, más cerca. Es aquí al lado, en Aluche, o en Lavapies.

Reconozco que la primera vez que oí lo de las “brigadas vecinales de observación” me temblaron las carnes. El nombre me traía a la mente a esos grupos de ciudadanos bastante sonados y bien armados que habitan en algunas comunidades blancas de EEUU para proteger a sus congéneres y su raza. Me equivocaba de pleno. Las brigadas vecinales de observación de derechos humanos no dan miedo. Son grupos están formados por personas procedentes de diferentes colectivos y asociaciones de barrio de Madrid, y se organizan para rechazar las redadas masivas  contra las personas inmigrantes que, como bien documenta el fotógrafo Edu León, son el pan nuestro de cada día.

No llevan pistolas, sino un chaleco bien naranja, boli y libreta. A mi me gustan, porque aprovechan sus papeles para hacer sentir menos miedo a los que no los tienen. Porque altruistamente hacen lo que debería estar haciendo el Estado, si fuese ético:  recuerdan a las personas inmigrantes sus derechos, y a la policía sus limitaciones.

Y algo deben estar haciendo bien, porque –como en Guatemala y Colombia y otros lugares de cuyo nombre no quiero acordarme- las autoridades los consideran incómodos y están intentando sacárselos de en medio via multazos de la Delegación del Gobierno de Madrid: 301 euros, más o menos la misma cantidad que les cae a las personas inmigrantes que no llevan la documentación encima. Y no es sólo en Madrid, en Valencia pasan cosas parecidas.

Ojo, lo de las redadas no lo digo yo, ni unos cuantos locos de izquierdas: lo ha dicho la ONU, y varias veces.  La última, hace tan sólo unas semanas, cuando el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de Naciones Unidas pidió a España que acabe con los controles de identificación basados en “perfiles étnicos y raciales” que, en la práctica, se traducen en “detenciones indiscriminadas” y “restricción de derechos” de los extranjeros. Blanco y en botella.

Pero la ONU ya había avisado en julio de 2009, cuando el Comité de Derechos Humanos condenó a España y le recordó al gobierno y  al Tribunal Constitucional que la raza no debe ser usada como indicio de posible situación ilegal en los controles de identidad. Y todo gracias a una sola persona, Rosalind Williams, a la que acabo de añadir a mi lista de mujeres valientes. Rosalind es una mujer española que nació en Nueva Orleans y lleva más de 40 años en España. Un día de la Constitución –qué ironía- cuando iba con su marido y su hijo por la estación de tren de Valladolid, un policía de paisano le pidió que se identificase. Así, sin más, y sólo a ella. Porque resulta que Rosalind es negra, y el policía  tenía instrucciones de identificar a “gente como ella”. Esto fue en 1992, pero parece que ciertas cosas no cambian nunca.

Y a todo esto leo – en La Razón nada menos- que según decenas de expertos reunidos por la Fundación Ortega-Marañón será necesaria una segunda oleada de inmigración en España hacia el año 2015 para cubrir la mano de obra que los españoles no pueden proporcionar.

Si es que somos imbéciles.

Edu León-Redada en Pacífico